Mi pena se funde con el frío de esta noche. Su ausencia me aterra, me duele. Quisiera ofrecerte mis lágrimas en estas palabras, pero ellas tampoco quieren ceder, no quieren salir porque no te tengo, no se atreven porque quisiera quererte bajo el sosiego de aquellas sutiles gotitas con las que te mostrara mi sinceridad de cuanto te necesitara.
Cómo gritar esta noche y no perder el intento entre las nubes que me escondieran esa luna que no deja de reflejarte. ¡Para por favor! Cómo seguir despierto si no vale la pena sino junto a ti. Cómo dormirme con una esperanza o ahogado. No sé si llamarme un héroe o un necio. Un héroe luchara por aquello que amara, yo te escribo a la soledad y espero, un necio. Al menos un necio valiente, soportando el peso de noches, aprendiendo a cada segundo que pasa el significado de la soledad, sin atrever a disfrutar más que la posibilidad de su aliento; el rocío de los venenos que ahora me torturan. Que me encanta sufrir por aquello. ¡Ah!

Esta es mi historia, y comienza en la cumbre de la angustia por intrínsecos míseros y pasajeros de una vida tardía entre los ya tantos caídos. Hoy me pregunto ¿Cómo anhelara ponerme de pie si recién comienzo a caer? Creo que estas discordancias son parte de la caída. Pero la historia de mis cercanos qué tiene, qué pesa sobre ellas, qué atormenta y hace de vivir un padecer de vivir. No lo sé y no sé si me interese demasiado más que por la posibilidad de negar lo que me sucede.
Ya me canso con facilidad y muy seguido evalúo la opción de partir al exilio. Los caminos son vastos y extensos, dolientes cuando los acompañamos de una caminata de espalda. Ahí, con las heridas al frente. Mas, trataré de ser sincero conmigo y para ello debo hablar de los muertos, o trataré de superarlos. Pero también estoy seguro que no es de muertos que quiero hablar, no es lo mismo al revés. Perderme por ahí es lo único que sirve para entender que estoy aquí. ¡Ay, sé que miento, tengo que morir un poco para creer que estoy vivo! Qué es esto. ¿Hagamos el exilio aquí y ahora? ¿Carpe diem? ¿Basura latina?
Vamos, esto no se trata de aquello. Aaaahh… Es una tarde cruel, todo es muy calmo ahí en mi ventana, mi corazón se apresura un poco y choca con mis ojos indecisos. Aprieto una mano y el viento me responde con melodías de antaño que nunca supe muy bien qué decían. Pero acaso las melodías están, las damos, ¿para entenderlas? No es acaso lo más bello del momento dejarlo ir, dejarlo partir como si las aves cuando se cansan de canturrear en la tarde otoñal. No es acaso una muestra del asedio de tu amor por aquella figura tan difusa del momento preciso entre manos. ¡Ay, quema!
A veces siento que me estanqué en un tiempo que no me pertenece, ni al que yo pertenezco. No conozco el sexo, hace muy poco sé de la embriaguez. Abuso del silencio y el piano me incita matarlo. Siempre llevo una libreta en mi bolsillo y un lápiz agonizante en el otro. Dudo de mi sexualidad y me retracto. Admiro mi soledad y despierto. Camino por las calles, como un vagabundo de mis recuerdos. Y los perros me acompañan, y mi sombra me colma... ¡Vete, no te quiero!
He estado mutilando mi alma, de eso se trata mi noche. Hombre, la culpa es un reflejo incómodo; la culpa es un síntoma de la miseria, disfrútalo; la nausea es un buen signo. Qué ocurre con los hombres, ¿es que acaso estamos sometidos? ¿Es que debemos luchar? ¿Qué tenemos para desenfundar? ¿Bastará con unos corazones y espíritus en nombre de la valentía? Vamos a luchar por nosotros. Y si el mundo se estremece con nuestro grito y nuestro andar, no deberán correr, sino dejarlo pasar. La sangre de un hombre es más fatal que el odio y mil razones ¡Ay, la miseria y la nausea! Yo también amo a quien de su virtud hace su inclinación y fatalidad: quiere así, por amor a su virtud, seguir viviendo y no seguir viviendo.
Y las noches se esconden tras la bruma de mi almohada. Y mis encantos se vuelven ilustres de gravitante mesura. Yo te quiero incógnita, vestida de mi fatalismo y naciente en nuestro instante. Ay, díganme si no estoy en lo correcto. ¿No es acaso la mujer aquel amor carnal que asusta al hombre al confundirse con el amor fraternal? ¿Es que su lugar es un error entre nuestro pacto? Lo sé, lo sé… no tenemos historia los hombres, celebramos nuestro momento difuso de tragedias y recuerdos. Qué cómico, celebramos un ahora como si fuera una tragedia, al ver las heridas que portamos, propia de nuestra romántica voluntad.
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¿Por qué no mejor hemos de padecer en silencio? Qué cobardía sería gritar esto al mundo, qué hipócrita cuando sé que los tengo ahí. Y es que podemos aprender de cualquier adjetivo. Tal vez la hipocresía es mi virtud. ¿Pero es que no quieres que te mire? Y ahí estoy de nuevo queriendo mirar que te miro mirándome cuando te miro. ¿Quién hizo del silencio algo tan inquieto? Qué hago yo con la quietud de las palabras. ¿El día es hermoso? ¿Estoy escribiendo prosa barata? ¿Es que las palabras nos den algo más que un silencio? ¡Ay, se me olvidaba, el silencio es mi otra palabra para el silencio!
Se hace desesperante tambalear de esa manera y esperas que la palabra se haga de tu miserable sentido, como esperando que algo mágico fuese a suceder. “…y sabemos que una vuelta es otra ficción de nuestro aquel.” Momentos, de momentos escribo mi melancólico suspiro. De palabras y aromas; de sonidos y pesares se vuelven mis horas. Eso fue lo más sincero que pude decir una vez, eso fue lo más imbécil que pude expresar una vez. Es que, cómo puedes llevar la cordura en tus labios, esa ridiculez envuelta en colores cuando piensas en blanco y negro.
Cómo dejamos ir un momento como este. Cómo hacemos que este andar se vuelva un adjetivo manifiesto y bastardo. ¡Cómo llegó a suceder que necesité de esa belleza entre líneas!
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Esto es lo que ocurre cuando nos dejamos. Ya no puedes, ya no quieres negarlo más. A la deriva, una opción a seguir, cuando te das cuenta que despiertas. Así, hermanos, esto requiere un sacrificio enorme: Ya no seguirán un lugar que dejaron atrás, pero se encantarán de las trampas del camino, se conmoverán y llorarán “por mí” (por ustedes); Se enamorarán y no se apresurarán en darle un nombre a su pasión; Gritarán y tardarán en callar; y ustedes… ustedes, nunca hablarán así: “Cómo, cómo comenzar y hablar de algo que ni siquiera se diluye con el correr de mi pluma. Cómo hablar a la vida si no es mirando sus ojos. Cómo respirar, cómo robarle al aire lo que no refleja de ti. Arrasaría el mundo entero hasta que quedes tú, y que seas sólo para mí, sólo mía. Cómo no creer en la primavera si fue cuando te encontré. Cómo caminar al sur cuando tus recuerdos sean mi norte.” [Carta encontrada en los albores de una estadía: De Mis reflejos de un ti] No se los garantizo, pero se los confieso.
Se los confieso, se los canto y escribo, y no es que esté exagerando sino que es el desnudo artístico que se esmera en decir algo más de lo que ya sabemos. No nos creamos artistas tampoco cuando hablemos de esta manera, cuando nos riamos de la bulla difusa y arrogante del sentido. Porque tampoco queremos conmemorar apreciaciones de ese cuerpo fantasmal, no queremos inquirir el vocablo sucinto para nuestra bohemia en nuestro encuentro.
Esta es mi forma de invitarles a recitar lo que fuera mi concierto de piano, aquel que se encoleriza cada momento que esa escala en Mi satura el equívoco de mi verbo. Por cierto, es la escala que Chopin escoge para enterrar mis pasiones. Chopin y mis manos son un bastardo, coluden contra ese sollozo y exaltan una virtud ¡Ay, la música!
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Hacia dónde vamos podrán preguntarse muchos con esta discursiva. Déjenme enseñarles, es el método de mis adentros, es el paso imperfecto del fatalismo que conmueve nuestras horas. ¡Ay, de lo incierto y los augurios!