No sé muy bien cómo volver y comenzar a escribir nuevamente. Querer mitigar esta desdicha. Debo borrar líneas que me incitan a volver. He buscado en las noches, he hurtado razones para creer. ¿Blanco o negro? ¿No es acaso el negro un blanco más oscuro? ¿No es acaso el comienzo un negro más claro? Aunque hay algo que sí me va quedando claro y es que no le des un nombre a esa victoria de papel, que luego no la querrás borrar, aun en su fragilidad. Eso me ocurrió a mí.
Mírame ahora, mírenme todos, no puedo volver. ¡Ay, que duele! Voy a probar mis manos a ver si saben a tierra y voy a enterrar mis ojos a ver si los encuentro un poco más allá, cuando caiga la noche junto a mis pies descalzos. Y es que caminar de esa manera hace de mi piel un invierno más dentro de mi corazón, un poquito más fuerte, un poco más terco y aventurado. A ver si mis manos suicidas intentan cavar aquello que escondieron de mi aroma. Mírenme ahora y díganme si no soy lo que alguna vez quise ser. ¡Ay, aquellos tiempos!
Y caminando hacia ese lugar que se va, tampoco sé si llegaremos. Lo siento, es que yo me encargué de espantarlo. No sé tampoco si ustedes lo entendieron de esa manera, pero yo sólo bromeaba, sólo bromeaba. ¡Cómo grito esto! ¡Cómo lo hago! Espera, no irrumpas con esa melodía que quiero seguirla. No me lleves, cuéntame una y otra vez esa historia de nosotros que me gusta eso de no tener memoria ni caminos. Enséñame y mancha mis manos, entiérralas también para que no me ayuden a cavar.
¡Ay, hombre, qué alejado estás en tus tierras! Tengo pasiones que quieren saber de ti, y unos cuantos dolores que te anhelan. Déjame esparcir ese edicto de los perfumes sobre tu cabello; déjalo perecer también y que los caminantes pregunten de qué tan lejos vienes. ¡Ay, hombre que tus tierras eran tan hermosas! ¡Ay, llévame y piérdeme otra vez! Es así como te invito, yo sólo quería que preguntaras por ese lugar.
Indefinidos sean los matices del tiempo en los momentos que renaces en ese aquél, tan propio de nosotros. ¿Es que no te habías percatado que el tiempo comenzaba de nuevo? ¡Ay, qué pretendo quemando esos cielos, tan caídos como mis manos suicidas! Es que no se merecen el mismo lugar, tampoco merecen un nombre conjugar. ¡Ay, palabra, sabes de qué hablo! Para ti es tan común este abuso que ya no te asusta, sólo yo me hago a un lado y me delato en mis nudillos casi ensangrentados de tan solemne secreto escondido en mis labios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario